Espectáculos

Crítica: «El vestidor»: El teatro visto desde adentro – 01/06/2018

El vestidor refiere al ambiente del teatro, pero también pone en juego comportamientos humanos vinculados a la desesperación, el amor y la dependencia. Al espectáculo le sienta bien la dinámica del amo y el esclavo; y es contrapunto de aquél Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie. Desde ahí organiza situaciones y lo hace con a través del vínculo entre un vestidor y la primera figura de una compañía teatral.

Textos como El vestidor, del sudafricano Ronald Harwood, han sido probados en varias salas del mundo con distintos elencos. Siempre es atractivo apreciar la forma en que un mismo material se acopla –o no– a formas de pensar y ejecutar la actuación tan disimiles entre sí. Muchas veces estas obras suelen funcionar como franquicias que repiten, de país a país, desde la disposición de la escenografía hasta los desplazamientos de los intérpretes. Sin embargo, el texto de Harwood toma ciertos códigos del teatro, patologías y conductas de los actores como punto de partida. Su ´historia´ se asienta en ese lugar y permite desmarques. En ese sentido, la versión que se acaba de estrenar en Buenos Aires, dirigida por Corina Fiorillo, realiza un buen trabajo.

Bonzo y Norman, protagonistas de "El Vestidor"Foto Ruben Romero-prensa buenos aires

Bonzo y Norman, protagonistas de «El Vestidor»Foto Ruben Romero-prensa buenos aires

¿Qué sería lo distintivo de la versión porteña de El vestidor? Hay varias cosas. Todo buen texto para teatro, en gran medida, está ideado en función de la dinámica de los actores; Harwood lo plantea así y conoce el paño. De hecho, el autor trabajó como vestidor del actor británico Donald Wolfit y esta obra está inspirada en esas vivencias. Existe un ritmo del material que incorporan de lleno los intérpretes locales: Arturo Puig, Jorge Marrale, Gaby Ferrero, Ana Padilla y Belén Brito.

Norman (Puig) es el vestidor de Bonzo (Marrale), actor principal de una compañía británica que representa Shakespeare por diferentes ciudades inglesas durante la Segunda Guerra Mundial. Están en las horas previas de la representación de Rey Lear. En ese momento, Bonzo le cuenta a su asistente que atraviesa un momento de extrema fragilidad: pierde la memoria y está terriblemente agotado. Se confunde Rey Lear con Macbeth, hace un zapping desquiciado por textos. No da más.

Sin embargo, intenta concretar la función, que está vendida y se realizará, incluso, con el sonido de Luftwaffe descargando bombas. Ese modo de raspar la olla para continuar de pie por parte del protagonista, no es épico ni solemne. Es desprolijo, sucio y hasta miserable: lo más parecido a un boxeador que está recibiendo todos los golpes en un mismo round y aplica un clinch, pero también codazos y mordidas, para amortiguar un derrumbe que reconoce imposible de frenar.

La obstinación, la dependencia, el egoísmo, el humor y las miserias definen el vínculo de los personajes de Puig y Marrale. No es la primera vez que comparten un escenario, lo habían hecho en la comedia Nuestras Mujeres, pero en este registro, el drama, logran un trabajo excelente. Retoman esa tradición de actores populares que se animan a ir un poco más allá de sus propias convenciones. Puig tiene una transformación notable. Norman es homosexual, alcohólico y transporta un pasado oscuro del que muestra poco. No remarca ninguna de estas cualidades, corporiza una idea del amor y del deseo hacia Bonzo más profunda, y compleja, que el lugar común al que podría conducir su personaje.

Marrale tiene algo difícil para resolver. Aunque su personaje posee desbordes, no está loco. Tampoco son pavadas sus desplantes y cambios de humor, todo eso constituye a Bonzo. Personaje difícil que en pocas líneas de diálogo va de la desesperación, pasando por la altanería hasta desembocar en lo patético. Destila humor y drama constantemente. Bonzo es tóxico y demasiado potente, una mezcla que enrarece todo su entorno y arma el verdadero “clima” del espectáculo.

Es valioso el encuentro de Puig y Marrale en este tipo de obra. A su edad, con sus cuerpos y limitaciones, componen trazos que vale la pena apreciar. A Norman y a Bonzo lo rodean Margarita (Padilla) asistente; y una joven actriz, Irene (Belén Brito) fascinada por la primera figura de la compañía. También la pareja de Bonzo, una actriz harta del teatro a cargo de Gaby Ferrero quien se destaca, una vez más, como una de las actrices locales a las que no hay perder de vista cada vez que sube a un escenario.

«El vestidor»

Excelente​

Autor: Ronald Harwood. Dirección: Corina Fiorillo. ACon: Arturo Puig, Jorge Marrale, Gaby Ferrero, Ana Padilla, Belén Brito. Iluminación: Ricardo Sica. Escenografía: Gonzalo Córdoba Estévez. Vestuario: Silvina Falcón. Funciones: Miércoles a domingo.Teatro: Complejo La Plaza.

Nota Original

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