Cultura

La Selección Nacional es un ministerio más del Estado

Calma: la frase no es mía. Es un tema de Las Manos de Filippi pero va al punto: «este ministerio te fanatiza», canta, grita, el grupo. Algo de eso hay.

Faltan unos días para el Mundial y ya nos han recordado tanto que somos argentinos y que lo sabemos porque nos gusta tanto el fútbol que uno empieza a dudarlo. Pizza y fútbol, cerveza y fútbol; changuito del súper y fútbol y, obvio, amistad y fútbol. ¿O no SOMOS eso? (Y, en dos patadas, liquidamos la cuestión de lo que SOMOS).

En tiempos de migraciones y de mezcla, el Mundial es un compulsivo festival chauvinista, fogoneado hasta la desesperación -y la sonsera- por la publicidad. «El deporte es un repertorio fundamental de lo que Michel Billig llamó ‘nacionalismo banal'», analiza el estudioso Pablo Alabarces -insospechable del pecado de antifutbolismo- en su libro Héroes, machos y patriotas. En los 90, escribe en ese libro, el Estado se desdibuja y la publicidad toma la posta de un discurso que unifique a la nación, toma una «tradición nacional-popular» y la transforma en mercancía. «Las publicidades son especialmente aptas para desplegar lugares comunes, mitos consagrados o estupideces ampliamente aceptadas», aporta Alabarces. El fútbol no se vende pero, ay, cómo se vende con el fútbol: «El verso de lo pasional es el mayor argumento de ventas de, al menos, la Argentina contemporánea», escribe.

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El verso de lo pasional es el mayor argumento de ventas de, al menos, la Argentina contemporánea

Pablo Alabarces

Es claro que los Estados nunca han desdeñado el papel aglutinador del deporte -en el estadio no hay conflicto de clases, el noble y el villano bailan y se dan la mano- y acá todavía se nos atraganta el Mundial 78. Pero ahora -después de que la publicidad ya le puso su sello- tal vez lo haga sin desdeñar los recursos y los lugares comunes que los avisos proveyeron.

Polémica. Por la temática del stand argentino en la Feria del Libro de Bogotá. /EFE

Polémica. Por la temática del stand argentino en la Feria del Libro de Bogotá. /EFE

Quizás la mayor acción en este sentido haya sido la institución «Fútbol para Todos», que erigió el juego en patrimonio intangible de la nación.

Más acá, apareció la equivalencia Argentina-fútbol en un foro literario como la Feria del Libro de Bogotá. Se sabe: el stand que llevó nuestro país era una cancha y el que salió a pegar fue Alberto Manguel, director de la Biblioteca Nacional nombrado por esta gestión. ¿El fútbol era lo más «vendible» de la cultura argentina? (Y, en dos patadas, liquidamos la cuestión de si el fútbol es cultura).

El lunes el presidente Macri -que no es habitué de los museos- recorrió una muestra en el de la Casa Rosada: se trataba, justo, justo, de una exposición de álbumes de los Mundiales, jugadores, pelotas, camisetas, esas cosas. Fue con su hija Antonia y había, invitados, chicos y chicas adecuadamente vestidos con la camiseta de la escuadra nacional. ¿O no SOMOS eso?

«El deporte distiende en el hombre los resortes tensos por la cólera nacida de la cuestión social», decía el pedagogo francés Pierre de Coubertin en 1921, según cuenta el sociólogo argentino Juan José Sebreli -absolutamente culpable del mencionado pecado- en su libro La era del fútbol. ¿Exagera?

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