Espectáculos

Todavía en Estonia – 01/06/2018

Ubiqué, como siempre en los viajes a sitios desconocidos y remotos, los lugares donde comprar enseres básicos: el agua mineral, una pila, aspirinas, el último chocolate de la noche. Quizás un helado. Todo quedaba medianamente cerca del hotel: bastaba con caminar en línea recta, a lo sumo una diagonal. Es importante aprender los puntos de referencia: un teatro, una parada de tranvía, un puesto de venta de flores, son como las piedras de Hansel y Gretel, que nos permiten llegar a nuestro escuálido destino. Pero, como las migas de pan que lanzaron en su infortunado segundo viaje, también mis puntos de referencia desaparecían. La parada del tranvía, el teatro, el puesto de flores… no estaban.

En el centro histórico, una bandada de pequeños estorninos, que no tenían nada que hacer en un país del Este, caminaban extraviados entre las mesas de los turistas. En un local de venta de hot dogs yo había encontrado, a modo de condimento, una yerba titulada «Mate», pero me había negado a considerar que pudiera ser la nuestra. Posteriormente, en una casa de venta de especias, en la vidriera, se exponía un cacharro de mate con su bombilla. Repentinamente comenzaron a aparecer argentinos por las calles y, como oyentes, en la Unión de Escritores donde me tocó dar la charla.

Cuando por fin me senté en el bar Pegasus, un señor vino con mi libro en estonio a pedirme una firma. Era argentino también.

– Me está ocurriendo algo extraño- confesé- Cerca del hotel, a un par de cuadras, conseguí el lugar donde comprar agua mineral. En diagonal, una pila que necesitaba. Y en un kiosco símil nuestras estaciones de servicio 24 hs, justo enfrente, chocolate y helado. Pero… El hombre me miró como si supiera lo que le iba a decir.

De todos modos continué: – Ayer cuando quise comprar mi botella de litro y medio de agua mineral, el pequeño almacén ya no estaba. No es que estuviera cerrado: la misma edificación había desaparecido. Y hoy, no encontré el kiosco de enfrente.

El hombre asintió.

Hice silencio para que pusiera en palabras sus gestos.

– Es el síndrome del forastero nativo.

Me habían traído mi trago de absenta pero, por respeto ecológico, se negaban a proporcionarme un sorbete de plástico. Lo bebí como pude por encima del limón y la rama de apio.

– ¿Que vendría a ser…?- lo invité a continuar.

– Todos hemos nacido en alguna parte- detalló- Coyunturalmente, somos nativos. Pero formamos parte de un universo infinito, ergo: somos forasteros.

El término “ergo” me hizo sospechar de su rigurosidad. Pero no me quedaba más remedio que continuar la conversación.

– A esta altura del partido- siguió-, ya se tendría que haber dado cuenta de que las cosas no permanecen en su lugar. Usted sale de un hotel, sito en la calle Vabaduse väljak, Tallinn. Usted da un par de vueltas, regresa, el hotel no está.

– Eccole qua- lo aprobé. Ya que él decía “ergo”, yo podía soltar también mis latiguillos.

-Usted ubica un local de agua mineral, un kiosco, una despensa. Se dice: qué bueno; en vez de empeñar mi vida en el frigobar, tengo agua para una semana por un euro. Pero al dirigirse al lugar señalado, no está.

– Eso es exactamente lo que ocurre- confirmé.

– Pues bien, con todas esas canas pensé que ya lo sabía. Somos forasteros nativos. Nacimos forasteros. Las cosas no permanecen en su lugar. Los cines, los bares, los edificios, no aguardan a que uno regrese.

– Pero el resto de los seres humanos…- argumenté- Sí pueden salir y volver, a un mismo lugar, en una misma calle, en la misma numeración.

– ¿Quién le contó ese embuste?

No supe qué responder.

Ahora sí el hombre me miró inmerso en un silencio significativo, que me invitó a una conclusión callada: desde niño, yo había vivido engañado, creyendo que sólo a mí el mundo me quitaba las referencias. A todos los habitantes del planeta les ocurría lo mismo, pero lo ocultaban.

– ¿Pero por qué lo ocultan?- inquirí.

– Vaya uno a saber. Inventan al ratón Pérez, pero callan su condición de forasteros nativos. Probablemente consideren que es mejor no levantar la perdiz. Pero créame, las construcciones se mueven para todos. Hay una famosa frase de Einstein cuyo sentido último se me escapa por completo- “Dios no juega a los dados”- , pero que los divulgadores han preferido interpretar como que el universo no es regido por el azar. Permítame aseverar todo lo contrario: la frase, si algo significa, es que el juego de dados es un sistema, obedece a algún tipo de lógica, mientras que el universo y nuestras existencias son completamente caóticas. La generala, El estanciero, el juego que se le ocurra con dados, es una ingeniería de causas y efectos completamente comprobable, en comparación con el caos de nuestras vidas. Dios no juega a los dados porque lo nuestro no es un juego: sólo un desorden.

– Me basta con saber que no soy yo el que olvida las referencias, sino las edificaciones las que desaparecen- alegué ( la absenta me había puesto de un humor optimista)- Por otra parte, ¿cómo es que súbitamente apareció esta oleada de argentinos, y en dos sitios distintos encontré en uno yerba mate; y en otro el cacharro?.

– Lo del mate es una maniobra de marketing de mi parte- reveló mi interlocutor- Aspiro a que el mate reemplace a las infusiones locales. Estoy pensando en Maradona para promocionarlo, pero por ahora, especialmente con el Mundial, los costos se me van de las manos. En cuanto a la oleada de argentinos, vienen junto con los estorninos: consecuencia del cambio climático. En cuanto se descuide el casco histórico se llamará San Telmo: iglesias no le faltan.

– No pienso descuidarme- acoté- ¿Y usted es parte de esta oleada migratoria?.

– En absoluto- dictaminó, casi ofendido- Yo nací acá.

– ¿Acá dónde?- dudé.

– Acá, en Estonia, en Tartu.

– ¿De padres argentinos?

– No. De padre estonio y madre finesa.

– ¿Abuelos argentinos entonces?

– Nuestros ancestros se remontan a los vikingos- insistió en un razonable acento porteño.

– Entonces no puedo entender cómo es usted argentino- porfié.

– Muy sencillo: los argentinos nacemos en distintas partes del mundo.

Puede ocurrir perfectamente que nazca un argentino en Estonia. Soy tan argentino como usted, sólo que no nací en Argentina ni son argentinos mis padres ni mis ancestros. Ni viví nunca en Argentina. Pero no por eso soy menos argentino. Un argentino nacido en Estonia, no es tan extraño si lo piensa un poco. Nací así.

Sacó un mazo de cartas de truco y me preguntó si quería apostarle la cuenta del bar. Le dije que fuera tranquilo, que yo pagaba.

Nota Original

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